El nuevo éxodo judío

26/May/2015

El País, España, Por Juan Carlos Sanz

El nuevo éxodo judío

«Bijouterie”, “SynagogueFrancophone”,
“Bureau Immobilier”, “Change”. Rodeado de carteles, bajo la cristalera de la
oficina de cambio de moneda, Claude, nacido en París en 1953, también vende
revistas locales en francés. La campaña electoral israelí toca a su fin entre
la indiferencia de los paseantes. A primera vista parece un balneario de la
costa provenzal, pero esto es Netanya, una pequeña Francia enclavada al norte
de Tel Aviv. “Moi o lui”, reza la portada del semanario Aujourd’hui, con las
fotografías enfrentadas del primer ministro conservador, Benjamín Netanyahu, y
del líder laborista, Isaac Herzog.
Después de las últimas oleadas de fugitivos
del antiguo espacio soviético, así como del éxodo anterior de judíos orientales
o sefardíes y de europeos del Este o askenazíes, la comunidad israelí francesa
empieza a situarse como una minoría emergente en Israel. En 2014 encabezó, por
primera vez, la inmigración al Estado hebreo.
Las revistas están jalonadas de propaganda de
partidos religiosos y nacionalistas que concentran su interés en un colectivo
aparentemente conservador, pero también de publicidad de salones de belleza y
tiendas de vinos, y sobre todo, de bancos, abogados y promotores inmobiliarios
que ofrecen sus servicios a los franceses afincados en Netanya y Ashdod. Esos
son los principales puntos de concentración de esta comunidad judía al sur de
la costa mediterránea.
“Mire, soy un currante y no valgo para otra
cosa que para trabajar”, se justifica Claude en su argot parisiense, mientras
entrega shekels a cambio de euros a unos recién llegados. “Me quedé hace seis
años sin empleo y, como mis padres ya se habían instalado en Netanyadespués de
jubilarse, me vine aquí para probar suerte. Mis hijos siguen en Francia, pero
sé que algún día se reunirán conmigo”.
Desde la sala de control de todo este
movimiento demográfico, el diplomático YigalPalmor, director de relaciones
externas de la Agencia Judía, intenta anticiparse a los cambios. Es responsable
del organismo que asiste a los inmigrantes judíos que se instalan en Israel.
“Han llegado casi 7.000 franceses en 2014, el doble que en 2013, y este año
esperamos unos 10.000. Han superado incluso a los cerca de 6.000 que huyen del
conflicto de Ucrania”, constata Palmor.
“En mi barrio, en Marsella, había que quitarse
la kipá a la salida del colegio para atravesar vecindarios musulmanes”, explica
un joven francés en Jerusalén
En el centro de absorción de inmigrantes
jóvenes de Ramat Aviv, al norte de la aglomeración urbana de Tel Aviv, hace
cinco meses que Marc se somete a un ulpan, un programa intensivo de inmersión
en el hebreo. De 25 años, dejó atrás su casa de la periferia de París y su
trabajo como agente comercial en el sector textil. Inequívocamente mediterráneo
y sefardí, Marc viste de negro, pero no lleva la kipá como otros alumnos del
centro, procedentes de 27 países distintos, y aún mantiene una educada cortesía
europea frente a la ­chutzpah (pronúnciese “jutspá”), la habitual insolencia o
audacia israelí. “Decidí mudarme a finales de 2014. He pasado toda la vida
viendo policías a las puertas del colegio o de la sinagoga. Me considero una
persona liberal, pero respeto mis tradiciones”. No es un judío del histórico
Marais parisiense, miembro de una familia de joyeros o galeristas. Viene desde
Vincennes, al otro lado de los bulevares de circunvalación de la capital
francesa. Tampoco se considera un exilado, sino un ser humano que quiere
empezar de nuevo en Israel. “A mi edad, confío en quedar eximido de cumplir el
servicio militar”, asegura. Vino con su mejor amigo. Ambos se sintieron
impresionados por la magnitud de las manifestaciones de musulmanes en París
contra la guerra de Gaza el pasado verano.
Marc ya se encontraba en Israel cuando, como
cada viernes, su padre hizo las compras para el sabbat al mediodía del pasado 9
de enero en el HyperCacher de la Puerta de Vincennes. Una hora después,
AmedyCoulibaly, nacido en Francia en el seno de una familia de inmigrantes de
Malí, irrumpió en el supermercado judío en nombre del Estado Islámico y mató a
tres clientes y a un empleado, antes de ser abatido por la policía. Marc
prefiere no hablar del asunto.
La mayoría de los judíos franceses que llegan
a Israel son familias, parejas con hijos pequeños y jóvenes estudiantes. Todos
necesitan ayuda para iniciar una nueva vida, y tropiezan con problemas como la
homologación de sus títulos universitarios y diplomas profesionales. El primer
gran escollo es el idioma, la adquisición de una mínima destreza con el moderno
hebreo hablado –alejado de la antigua lengua que estudiaron en las sinagogas
francesas– para poder abrirse camino en la sociedad israelí. “El perfil del
francés que emigra a Israel es el de una persona menor de 35 años, de clase
media y profesional liberal”, puntualiza YigalPalmor.
“Pronto chocan con la contradicción entre el
sistema de protección social que dejan atrás en el Estado de bienestar en
Francia, con múltiples ayudas públicas, y el modelo liberal de Israel, que no cuenta
con un sistema de subvenciones establecidas. Nuestra tarea consiste en
apoyarles para que encuentren pronto un empleo y puedan llegar a ser
autosuficientes”.
“Muchos judíos franceses se plantean
establecerse en Norteamérica para buscar un futuro mejor, pero la mayoría
prefieren venir a Israel, seguramente para seguir estando más cerca de
Francia”, sostiene el responsable de la Agencia Judía. Cree que los más jóvenes
valoran la proximidad, en lo que la prensa israelí ha bautizado ya como
“Sionismo de EasyJet”. “Pero la identidad judía sigue siendo el factor clave
frente a otros países de destino”, advierte Palmor.
No todo es economía y religión. También el
clima de tensión en el que vive la comunidad israelí en Francia –cerca de
600.000 judíos en un país con seis millones de musulmanes– desde la Segunda
Intifada, al comienzo de la pasada década, está detrás de la inmigración. Una
inquietud que se acrecentó con los atentados antisemitas cometidos por Mohamed
Merah en la región de Toulouse en 2012 –siete asesinados, entre ellos tres
niños de corta edad–, y que se ha agudizado tras los ataques contra el
semanario Charlie Hebdo y el supermercado judío HyperCacher de París a
comienzos de este año. “Muchos han llegado a pensar en una pérdida de los
valores de la República Francesa”, reflexiona el diplomático israelí. “Hay una
sensación de que el Estado no sabe proteger a parte de sus ciudadanos”.
De los 132 estudiantes del centro para
inmigrantes jóvenes de Ramat Aviv, 26 son franceses. “Para el próximo ciclo
esperamos 40, hemos tenido que establecer un cupo y abrir una lista de espera”,
reconoce Dina Turebsky, la directora de origen ucranio que hace 20 años siguió
un curso de inmersión para recién llegados en un establecimiento similar. La
clave es la educación, el aprendizaje rápido del hebreo y la llamada “cesta de
integración”: alojamiento y comida, y el equivalente a 500 euros mensuales.
“Muchos de los que vienen están marcados también por el temor a la amenaza del
antisemitismo”, afirma. “Por eso añadimos apoyo psicológico para algunos de
ellos”.
A los 18 años recién cumplidos, Ethan e
Isabelle alegan que ese no es su caso. Él lleva la kipá, aunque viste unas
alegres bermudas –“Haré la mili después de acabar la carrera de Ingeniería”, se
plantea con una sonrisa–, mientras ella confía en poder participar en el
llamado Servicio Nacional (prestación social) como psicóloga titulada. Los
jóvenes judíos franceses se topan con la dura realidad de un servicio militar
obligatorio de hasta tres años de duración, en un país con enemigos declarados
en varias de sus fronteras y marcado por el conflicto palestino. A la salida de
clase, Ethan reconoce que sigue los pasos de su hermano mayor, que hace seis
años emigró a Israel, donde vive ahora con su mujer y sus dos hijos. “No hemos
venido por miedo, hacía tiempo que pensábamos en ello. Yo también tengo
vínculos familiares en Israel”, apunta Isabelle. “La sociedad es diferente de
la francesa, pero siento que esta es mi casa”.
“Muchos franceses prefieren venir a Israel antes
que ir a Norteamérica, seguramente para estar más cerca de su país”, afirma un
alto cargo de la Agencia Judía
En el Teatro de Jerusalén, en el elegante
barrio de Rechavya, más de un millar de estudiantes franceses se han dado cita
en un acto organizado por la Agencia Judía. Una bulliciosa feria juvenil con
diferentes puestos distribuidos a lo largo de los vestíbulos del centro
cultural, a cuyo cargo se encuentra Ariel Kandel, un parisiense de 40 años
tocado con la kipá. “Después del éxodo que siguió al desmantelamiento de la
antigua Unión Soviética en 1991, los franceses representan ahora un flujo
esencial de inmigración. Los miles de judíos que viajan hoy a Israel desde
Francia cierran un ciclo que se inició en los años cincuenta y sesenta en los
países del norte de África recién descolonizados, cuyos sefardíes se
trasladaron a la metrópoli tras los procesos de independencia, y ahora lo
culminan con la aliyah (inmigración a Israel)”, explica. “El 80% de los que
acuden a estas reuniones informativas acaban quedándose con nosotros”.
El puesto de la Universidad Hebrea parece ser
el más concurrido en la feria para estudiantes judíos franceses en el Teatro de
Jerusalén, solo por detrás del de las Fuerzas de Defensa de Israel. Portavoces
militares uniformados intentan resolver las dudas sobre el servicio militar que
expresan los jóvenes, todos con el bachillerato terminado o a punto de acabar,
como el marsellés GalithAzoulay. “Tengo miedo, estoy preocupado por mi futuro”,
admite este aspirante a ingeniero informático. “En mi barrio había que quitarse
la kipá a la salida del colegio o de la sinagoga para atravesar zonas con
vecindario musulmán”. Su familia tiene raíces en Oujda y Fez (Marruecos) y en
Orán (Argelia), donde se asentaron hace más de cinco siglos judíos expulsados
de España.
El futuro de los Ben Aimar está ahora en las
manos de Jerôme, de 38 años, que amasa y hornea brioches, baguetes y merengues
en la pastelería JB de Netanya. Tras una vidriera recorrida por la imagen de la
Torre Eiffel, el 80% de su clientela está integrada por inmigrantes asentados
en esa pequeña Francia israelí. Originario de Lorient, en Bretaña, apenas ha
sentido el peso del antisemitismo. “Hay muy pocos judíos en esa región”,
reconoce Jerôme. “Parte de mi familia se estableció aquí hace más de 40 años, y
ahora me he reunido con ellos, junto con mi madre y mi hermano, para sacar
adelante este negocio”, explica mientras muestra con orgullo su acreditación de
artesano tradicional expedida en Francia.
Meir Meyer y Vivian Krief podrían estar ahora
contemplando el final de su existencia en las playas de Cannes, pero han
elegido Netanya para vivir una alegre jubilación rodeados de camaradas de su
generación. Bigote recortado, pelo atusado y ojos brillantes bajo una gorra de
marino, él sonríe confiado. “Es como Clark Gable”, se ufana Vivian, de 74 años,
tras sus gafas de sol, mientras Meir lo celebra a sus 80 años con una de sus
mejores poses. Como otros judíos franceses, él combatió en la llamada guerra
del Canal de Suez de 1956, pero luego regresó a Francia. “Nos conocimos en el
hotel Ritz de París, donde ambos trabajábamos”, se jactan Meir y Vivian en un
último derroche de glamur, instalados en una soleada terraza del bulevar que
lleva a las playas de Netanya.
Cerca de la pareja de jubilados judíos
franceses, Max, de 74 años, sonríe mientras fuma a las puertas de su
restaurante. Recomienda las “gambas con licencia rabínica”, un remedo de
marisco elaborado con pescado para sortear la prohibición religiosa. Salió de
Casablanca (Marruecos) en 1956 y combatió como paracaidista en la guerra de los
Seis Días (1967). Luego abrió un restaurante en París que hoy regentan sus
hijos. “Aquí todo es casher porque nos lo exige nuestra clientela, pero también
tenemos vino francés y hasta pastis debidamente aprobados”, desvela.
A la cabeza de un cortejo de líderes
internacionales, el primer ministro israelí se permitió el pasado enero en
París hacer un llamamiento a los judíos franceses para que emigraran en masa a
Israel, su verdadero “hogar”. El gesto de Netanyahu suscitó el inmediato
rechazo del presidente de la República, François Hollande, y de su primer
ministro, Manuel Valls. En un acto celebrado poco después en Toulouse en
recuerdo de las víctimas de los ataques de Mohamed Merah, el expresidente
conservador Nicolas Sarkozy le replicaba: “Francia no sería la misma sin la
presencia del judaísmo, que pertenece a su historia”.
«La vida no es fácil en Israel”, advierte
un veterano inmigrante
La Revolución tras la toma de la Bastilla
reconoció derechos ciudadanos a los judíos a finales del siglo XVIII, pero
Francia también ha marcado hitos en el antisemitismo, como el caso de Alfred
Dreyfus, un oficial judío acusado falsamente de traición, y cuyo honor fue
restituido a comienzos del siglo XX tras la intervención del escritor Émile
Zola con el célebre alegato Yo acuso. Las páginas más negras en Francia se
vivieron bajo el régimen colaboracionista de Vichy durante la II Guerra Mundial,
con episodios trágicos como la redada del Velódromo de Invierno de París, en
1942, que supuso la deportación de más de 12.000 judíos hacia los campos de
exterminio.
En 2014, el Consejo Representativo de
Instituciones Judías recopiló 851 actos antisemitas en Francia, frente a los
423 contabilizados en 2013. Pese a todo, solo un 1% de los judíos franceses
emigraron a Israel el año pasado. “Aparentemente, la posibilidad de morir
víctima de la violencia en el Estado de Israel aún sigue siendo más alta que de
ser asesinado en un ataque terrorista yihadista en Europa”, sostiene el
periodista de HaaretzAnshelPfeffer en la conclusión de una serie de reportajes
sobre el antisemitismo en el Viejo Continente.
Richard, el tío del maestro pastelero Jerôme
ben Aimar, es hoy un sesentón reflexivo. Pero confiesa que antes fue un
enardecido sionista que se embarcó para luchar en la guerra del YomKipur, en
1973, junto a 700 judíos franceses. “Tenía 21 años. Vine porque creo en el
derecho de los judíos a vivir en esta tierra”.
Cubierto por la kipá, la barba cana y larga,
vestido a la manera tradicional, pero sin alardes ultraortodoxos, este
traductor profesional del francés al hebreo recuerda haber visto ya otras
oleadas de judíos franceses. “No sé cuánto durará esta vez, pero de lo que no
cabe duda es que los últimos acontecimientos han acelerado la decisión de
aquellos que estaban planteándose emigrar a Israel”, argumenta. “Ahora vienen
jubilados que se sienten inseguros en Francia y jóvenes preocupados por el
desempleo. La amenaza del yihadismo en Europa puede que haya empujado a algunos
a venir, pero la vida no es fácil en Israel”, advierte este veterano
inmigrante. “Veremos qué ocurre dentro de dos o tres años”.